La cuestión ha estado en la mente de los filósofos. “¿Qué es un hombre?”, se preguntó Platón. “El hombre —se respondió— es un bípedo implume”, con lo que brindó a Diógenes la oportunidad de objetar en forma contundente su propuesta al desplumar una gallina, y arrojarla a los pies del maestro al tiempo que le escupía su célebre frase: “¡He ahí a tu hombre!”
“Pero antes que nada —se pregunta a su vez Simone de Beauvoir desde el primer párrafo de la introducción a su libro El segundo sexo—, ¿qué es una mujer?” Ella dedicará dos tomos para plantear su respuesta y, en síntesis, concluirá que “no se nace mujer: llega una a serlo”. Ello implica la disociación definitiva de sexo —considerado como el sustrato estrictamente bio-somático congénito del ser humano— y género —definido como la ulterior construcción estrictamente cultural derivada, pero independiente, del sexo.
Sin embargo, la cuestión sigue siendo confusa e indefinible no sólo en la mentalidad general, sino también en las instituciones avocadas al tema e incluso entre los especialistas.
¿Qué es una mujer? ¿Qué es un hombre? ¿Será posible redefinir los términos en consideración a los conocimientos aportados por distintas disciplinas, muy particularmente en los últimos cien años?
El presente texto tiene por objeto proponer una taxonomía que responda a las interrogantes que se plantean acerca de la identidad sexo-genérica y en relación a las preferencias eróticas, particularmente cuando se considera la conveniencia de pensar no en dos dimensiones con extremos polares, sino en modelos multidimensionales acordes con la compleja diversidad manifestada en la realidad. Para ello es preciso establecer un orden claro, específico e incluyente, lo cual es precisamente el propósito de toda taxonomía.
Uno de los aspectos que más contribuye a convertir la complejidad del tema en confusión conceptual, es la sustitución —a mi juicio arbitraria e ineficiente— de términos universalmente establecidos con respecto, por ejemplo, a la preferencia erótica, como son “heterosexual, bisexual y homosexual”, por neologismos semánticamente insuficientes como “androfílico, ambifílico y ginefílico”. Insuficientes porque, en términos de preferencia erótica, su significado dependerá, por necesidad, del previo establecimiento sexo-genérico del sujeto a quien se califique, puesto que, por ejemplo, un “macho androfílico” será homosexual, mientras que una “hembra androfílica” será heterosexual. Confusión, también, cuando, una vez reconocida la independencia de sexo y género, se acuñan clichés tan en boga entre los políticos como el de la “perspectiva de género”, erróneamente interpretado como referentes exclusivos a la mujer
Insistamos en que, tras milenios de considerarlos prácticamente como sinónimos equivalentes e intercambiables, gracias al postulado de que “la mujer no nace, se hace” —aplicable, sin duda, también al hombre—, Simone de Beauvoir escindió de tajo la indefectible dependencia que ataba indisolublemente, como destino, al género con el sexo. Apenas poco más de medio siglo desde que se reconoció que sexo y género son conceptos distintos e independientes. El activismo feminista difundió la idea, muchos estudiosos de la materia la adoptaron y llegó a permear hasta ciertos niveles, incluso institucionales
Veámoslos, entonces, por separado e intentemos proponer un esquema clasificatorio tanto de la identidad sexo-genérica, como de las preferencias eróticas del ser humano, circunscribiéndonos en principio a establecer una base fundacional objetiva, sobre la cual podamos elaborar más adelante el análisis de otros aspectos, como los subjetivos. Para ello es indispensable respetar un mínimo de coherencia en nuestros planteamientos, así como rescatar lo rescatable de nuestros conocimientos generales.
Intentaremos a continuación, en suma, presentar una taxononomía objetiva de la identidad sexo-genérica y de las preferencias eróticas.
1. Identidad sexo-genérica
1.1.Sexo
Constituye la base más sólida de nuestro análisis, puesto que ha sido estudiado profundamente por la ciencia. Para nuestros fines podemos simplemente definirlo como “el sustrato somático o biológico de la identidad genital de la persona”
Empecemos por recordar algunos conceptos indispensables. La biología reconoce en los seres sexuados la polaridad macho-hembra y, en ciertos casos, los estados intersexuales hermafroditas y pseudohermafroditas. Estas variantes se encuentran, pues, en la naturaleza. Ahora bien, el ser humano —cuya cultura, en su acepción más amplia, es eminentemente transformadora de lo natural— ha conseguido imponer su voluntad a sus condicionantes naturales, es decir, en este caso, modificar voluntariamente sus características somáticas naturales y originales por medio de distintos procedimientos científicos, de la misma manera en que gracias al artificio de simples lentes corrige sus deficiencias visuales “naturales”. Para distinguir a las modificaciones que encontramos en la naturaleza como “estados intersexuales”, de las modificaciones voluntarias o artificiales, denominemos a éstas como estados transexuales.
Esquemáticamente podemos representar las variantes posibles del sexo por el continuum siguiente:

De esta manera superamos la dicotomía hombre-mujer, o más precisamente, macho-hembra, prevemos un espacio para las variantes propias de la transexualidad y lo planteamos en términos susceptibles de dinamismo, medición —según distintos criterios— y, al mismo tiempo, validamos la teoría de Freud (y de algún antecesor suyo) que plantea lo que entonces se definió como “bisexualidad primigenia” del ser humano, refiriéndose tanto a su condición somática y psicológica, como a sus inclinaciones eróticas.
La condición transexual sería entonces la de aquel individuo que por voluntad propia o ajena modifica artificialmente sus características sexuales orientándolas hacia el sexo opuesto, por medio de procedimientos —hasta ahora— hormonales, quirúrgicos u otros, de carácter irreversible .
Dependiendo de la clase de características sexuales modificadas, será posible determinar el grado de transexualidad de una persona. Sabemos que esas características se dividen en características sexuales secundarias y primarias. Secundarias son aquellas que determinan ciertos rasgos externos de identidad sexual como la distribución de la grasa corporal o la pilosidad, el tono de la voz, la morfología músculo-esquelética, etc., que distingue a machos de hembras. Las características sexuales primarias se refieren específicamente a los órganos sexuales externos e internos que intervienen en la reproducción: pene, testículos, próstata, conductos seminales, etc., en el macho; vagina, ovarios, útero, etc., en la hembra. Si somos coherentes, tendríamos que designar a la persona en cuestión como transexual primario o transexual secundario según las características sexuales que modifique.
La puesta en práctica de los distintos procedimientos que permiten la modificación somática de la persona transexual suele tener como propósito conciliar sus características corporales objetivas con la identidad subjetiva que la persona tiene de sí misma. Se dice que el transexual es “una persona encerrada en el cuerpo equivocado”, es decir, que los medios hormonales y/o quirúrgicos que se aplican en los procesos transexuales tienen por objeto conciliar la identidad subjetiva de la persona con su identidad objetiva.
Conviene aclarar desde ahora que el transexual casi siempre adopta comportamientos transgenéricos tales como vestirse y comportarse como persona del género opuesto; sin embargo, para la persona transexual esas actitudes son simplemente un medio complentario y consecuente de su intención de “corregir un error de la naturaleza que le asignó el sexo equivocado”, mientras que para la pèrsona transgenérica, tales comportamientos no son un medio sino un fin.
1.2 Género:
Una vez establecida la independencia del género con respecto al sexo, el género puede ser definido como “la construcción cultural que, en los extremos de un continuum, distingue a los individuos en masculinos y femeninos”.
Aplicando igual criterio, superamos la dicotomía masculino-femenino reconociendo la posibilidad de estadios intermedios, que pueden esquematizarse en la siguiente forma:

Esa construcción cultural establece patrones, rasgos y comportamientos específicos para cada género, variables en el tiempo y en el espacio según cada época y cultura en particular, y son impuestos a los individuos por la sociedad como propios y aceptables, cuya trasgresión es —hasta ahora— sancionada social y hasta jurídicamente.
Es obvio que una persona genéricamente masculina será aquella que adopta los patrones, rasgos y comportamientos impuestos por su cultura para identificarlo como tal. Y viceversa. Vale hacer hincapié en que nos referimos única y exclusivamente a características de orden cultural, excluyendo del todo a lo biológico o somático —a excepción tal vez de ciertas modificaciones corporales intrascendentes como la perforación de los lóbulos para prender aretes—, y poner énfasis en que la conducta transgenérica no implica de ninguna manera la inclinación o preferencia erótica de la persona.
En coherencia con nuestro postulado, la persona transgenérica (o “transgénero”) será aquélla que, por voluntad propia o ajena, abandone los patrones y rasgos identificadores de género impuestos por la sociedad a la que pertenezca para adoptar, en mayor o menor medida, aquéllos considerados como propios del género opuesto.
El continuuum transgenérico no es necesariamente estático. En realidad es posible que casi siempre sea dinámico, es decir, que una persona transcurra o evolucione en el tiempo, en un sentido u otro, por distintas etapas transgenéricas (Veremos en su momento las etapas progresivas que propone Kerry Edwards y otras especificidades).
Reiteremos que, a diferencia de las motivaciones de la persona transexual -cuyo propósito es la conciliación de su identidad sexual subjetiva con su realidad somática objetiva—, el “motor” del recorrido específicamente transgenérico parece tener frecuentemente como “combustible” la búsqueda del placer erótico, con diferentes formas e intensidades de realización. No obstante conviene de nuevo poner énfasis en que el análisis de la identidad transgenérica excluye toda asociación con las inclinaciones o preferencias eróticas de la persona.
Resumiendo, una persona transgenérica (o “transgénero”) es quien adopta voluntariamente, total o parcialmente, los comportamientos, rasgos y patrones culturales identificadores del género opuesto, cuyo el propósito parece ser la búsqueda del placer erótico.
Es oportuno mencionar, al margen, que si aceptamos esta acepción de lo transgenérico (o “transgénero”), tendremos que eliminar dar al mismo término otro significado, como hacen Álvarez Gayou y sus fuentes, quienes designan como transgenérico (o “transgénero”) tanto a quien etimológicamente designa, como a un estadio intermedio entre el travestismo y la transexualidad a nivel —parece— de intención o potencialidad.
2. PREFERENCIAS ERÓTICAS
De entrada conviene recordar que las actividades sexuales son aquellas que tienen como instrumento los órganos sexuales, de orden estrictamente biológico, pero que, en términos de propósito, pueden tener un carácter reproductivo y/o erótico.En el caso de la mayor parte de los animales sexuados —del insecto a las especies superiores— el fin de la relación sexual suele ser estrictamente reproductivo, siendo el placer sólo el más importante de los alicientes para emprender un esfuerzo corporal fatigante en extremo. Sin embargo, muy en particular entre los homínidos, entre ellos el ser humano, el aliciente erótico puede convertirse en fin prioritario, por encima de la reproducción de la especie, caso que con certeza constituye el propósito de la mayor parte de los apareamientos humanos, razón por la cual, en la actualidad se promueve el uso intensivo de los medios anticonceptivos.
Las actividades genitales o sexuales con fines reproductivos requieren sin excepción de la participación de actores sexualmente complementarios —machos y hembras—; mientras que las actividades e inclinaciones o preferencias eróticas, cuyo propósito es el placer, pueden ser realizadas de muy diversa manera en función de las identidades sexo-genéricas de sus participantes, y hasta de los roles o posiciones adoptadas en la relación.
2.1 Preferencias erótico-sexuales
Repitamos que las preferencias erótico-sexuales se refieren a las inclinaciones de una persona para adoptar los medios y formas que considere más afines a sus propias aspiraciones y más propicios para satisfacer sus propósitos placenteros. Cuando estas preferencias incluyen la relación copulativa con una o más personas, el sexo y género de éstas no necesariamente requieren que sean sexualmente (ni genéricamente) opuestas. Por lo tanto, existe la posibilidad de realizar la preferencia sexo-erótica en cualquiera de las combinaciones conocidas: heterosexuales —obviemos: entre personas de sexos opuestos, literalmente distintos—, homosexuales —entre personas del mismo sexo. “Homo”, en este caso, no proviene del latín, hombre, sino del griego “homeo”, es decir, igual— y bisexuales (indistinamente con uno u otro sexo en proporción variable).
"En el ser humano —postuló Freud en Tres Ensayos sobre la Sexualidad, 1905, y matizó en otros trabajos ulteriores como New Introductory Lectures on Psychoanalysis y An Outline of Psychoanalysis— no se encuentra, ni en el sentido psicológico ni en el sentido biológico, una virilidad o una feminidad pura. Cada individuo presenta más bien una mezcla de sus características biológicas con rasgos biológicos del sexo opuesto y una combinación de actividad y de pasividad, tanto en la medida en que tales rasgos psíquicos dependen de los biológicos, como en la medida en que son independientes".
Esta noción de bisexualidad inmanente fue retomada —en favor o en contra— por otros estudiosos. Pero fue el Dr. Alfred Kinsey quien propuso en Sexual Behavior in the Human Male (1948) y Sexual Behavior in the Human Female (1952) una sistematización esquemática de gran utilidad para el análisis cuantitativo y cualitativo de las preferencias erótico-sexuales de una persona, y que ha servido de base metodológica para el planteamiento gráfico que propongo.
En su esquema del continuum bisexual en siete pasos, Kinsey incluyó una diagonal que lo cruza del ángulo superior derecho del segundo paso al inferior derecho del quinto, para indicar de esa manera que el tránsito bisexual por el continuum puede ir progresiva y recíprocamente de mínimo a máximo.
El esquema de Kinsey (y que yo adopto como modelo parta ilustrar las variantes erótico-sexuales) es el siguiente:

Aunque me parece que el esquema es suficientemente claro, no está por demás insistir en que el bisexual perfecto sería aquél cuya praxis erótico-sexual, en el periodo que se observe, esté más próxima del centro (es decir, que sus relaciones coitales con personas del mismo sexo y del opuesto sean equiparables en frecuencia y/o intensidad); mientras que una bisexualidad parcial puede inclinarse más o menos hacia los extremos de heterosexualidad u homosexualidad.
2.1.1 Posición Rólica
Entiéndase por posición rólica el papel adoptado en el ejercicio erótico-sexual por el protagonista analizado, inscrito en su respectivo continuum, en cuyos extremos se ubicarían las posiciones pasiva y activa (correspondientes en la relación coital a las de “penetrador” y “penetrado”) respectivamente, y en cuyo centro se establecerían las variables proporcionales de una posición activo-pasiva (o “inter”).
La importancia de esta subcategoría de clasificación es en particular relevante en el caso de las relaciones homo o bisexuales, pero no dejan de constituir una posibilidad más de las relaciones heterosexuales, en las que, por ejemplo, la hembra adopte el rol activo de “penetradora” y el macho se someta al rol pasivo de “penetrado”. Es también útil para refutar ciertas opiniones autocomplacientes que consideran que homosexual es tan sólo el macho pasivo que es penetrado, sin que la penetración por parte de otro macho activo vaya en detrimento de la heterosexualidad de este último.
Así, como subcategoría complementaria de nivel secundario al Continuum de Kinsey, el esquema de las preferencias erótico-sexuales podría completarse de la siguiente manera:

2.2 Preferencias Erótico-Genéricas
Siempre con la intención de mantener la coherencia y consecuencia con los planteamientos que justifican la necesidad de independizar al sexo del género, resulta insoslayable deslindar también la inclinación erótico-sexual de la preferencia erótico-genérica, puesto que no es lo mismo, por ejemplo, la relación entre dos machos ambos masculinos (como generalmente sucede entre las personas denominadas gays) que el atractivo recíproco entre un macho masculino y otro macho femenino.
Esquemáticamente, la representación del continuum genérico relativo a las preferencias eróticas sería la siguiente:

Me parece que si a los prefijos usuales y establecidos para las variantes de las relaciones erótico-sexuales (hetero-, bi- y homo-) agregamos el radical “genérico”, la cuestión queda resuelta y la posibilidad de fluida comunicación restablecida.
Este continuum es un aporte original de nuestro planteamiento, de singular importancia entre personas transgenéricas y transexuales, así como para quienes nos relacionamos con ellas, tanto en términos teóricos como afectivos y/o eróticos.
3. A MANERA DE CONCLUSIÓN
Es cierto que hasta este punto nos hemos circunscrito a la clasificación objetiva, dejando de lado sus aspectos subjetivos tales como los de intención, los psicológicos, etcétera. No obstante, sobre esta sólida base objetiva es posible sustentar clara y específicamente, como se verá más adelante, otros aspectos relevantes del fenómeno.
El esquema de Continua es asimismo aplicable al análisis general o temporal de la identidad sexo-genérica, comportamiento e inclinaciones de cualquier persona, así como para establecer “historias de vida”, evolución en el tiempo, etc. Útil también para ubicar distintas hipótesis respectivas al tema y para servir como lingua franca para unificar, por medio de su “traducción”, las distintas posiciones teóricas que desde Magnus Hirschfeld en adelante se han propuesto (y se seguirán proponiendo en lo futuro) para intentar explicar la incógnita que sigue siendo la identidad y la preferencia erótica transexual y transgenérica. La misma “traducción” permite unificar la considerable cantidad y variedad de términos coloquiales con que se designan en cada lugar y estrato social las variantes de esta clase de realciones.
Resumiendo los planteamientos propuestos, el esquema general de la taxonomía que proponemos para la clasificación de la identidad sexo-genérica y de preferencias eróticas es el siguiente:
IDENTIDAD SEXOGENÉRICA
CONTINUM
SEXO

GÉNERO:

PREFERENCIAS ERÓTICAS
SEXUALES

GENÉRICAS

Es evidente que las 243 variables propuestas incluyen todas las posibles combinaciones y, por tanto, son mucho más incluyentes que, por ejemplo, las 47 categorías que propone O’Keefe (con nomenclatura tan hermética como “prefemisexual”, “complisexual”, “transheterosexual”, etc.) o los numerosos cuadros de Álvarez Gayou.
Para terminar, con respecto a las preguntas iniciales, de importancia crucial, y que han sido punto de partida de muchas de estas reflexiones, “¿Qué es una mujer? ¿Qué es un hombre?”, puede responderse que, según la taxonomía propuesta, que “la mujer es una hembra femenina” y viceversa con respecto al hombre. Como se ve esos términos tienen un carácter heterogéneo pues designan simultáneamente dos conceptos que deben ser deslindados para evitar ambigüedades y confusiones, mismas que se agravan muy frecuentemente cuando subsite en gran parte de la mentalidad general e incluso en muchas, demasiadas, nociones especializadas que la mujer debe conformarse al criterio prejuiciado de ser “una hembra humana femenina heterosexual pasiva y heterogenérica”, y el hombre su correspndiente “macho humano masculino heterosexual activo y heterogenérico”. Rodolfo Alcaraz
Febrero de 2004